miércoles, 8 de octubre de 2014

EL LIBRO DE CADA QUIEN


¿Será verdad que cada uno de nosotros estamos definidos por un libro? Uno que, al leerlo, nos haya mostrado el mundo desde un ángulo antes insospechado, un libro que haya movido algún hilo de nuestro interior, aquel con el que nos sentimos conectados y que, como si se tratase de un viejo amor -que ni se olvida ni se deja-, permanezca en nuestra mente y nuestro corazón y, con suerte, en nuestrabiblioteca. Nuestro libro de cabecera -algo parecido a un médico del alma-.
Para saber cuál es ese libro que todos llevamos dentro -a veces sin saberlo-, deberemos haber leído una gran cantidad de ellos. Hagamos de cuenta que usted es un buscador de oro caminando en el lecho de un arroyuelo (representado éste por una librería, una biblioteca, un parador de libros o una ciudad de obras literarias) en cuyo cuerpo le han dicho que otros gambusinos han encontrado enormes pepitas de oro (el libro de cada quien). Cuánto lodo, piedrecitas, más lodo, más piedras, residuos de hojas y ramas secas, semillas de frutos que han caído ahí de los árboles que crecen en la ribera, y muchos cuerpos más, debe usted apartar con cribas de diferentes luces para dar con ese trozo anhelado, el amarillo y bello mineral más apreciado por el hombre para recrear con él sus sentidos.
Pues muchos colegas dicen que no es posible reducir a diez cuáles son los mejores libros que han leído. Para ellos, tal número no es suficiente para enumerarlos.
En las redes sociales se inició, no hace mucho, un juego, en realidad, un reto:
-“Escribe en tu muro cuáles son los 10 mejores libros que has leído”, me retaron dos amigos escritores. Ambos personajes muy letrados y memoriosos.
No pude contestar cabalmente a estos colegas de la palabra escrita porque el juego, implícitamente, se refiere a libros de humanidades. Mi primer campo de estudio fueron las ciencias exactas por lo que uno de los libros inolvidables, un compañero en mi soledad juvenil (tengo mucho de solitaria aun cuando tengo muchos amigos y amo viajar, pero no en grupo), fue College Algebra de Max Peters. Un libro de matemática básica que me brindó un panorama desde los conceptos básicos del Álgebra (una de mis materias favoritas), hasta las Permutaciones y Combinaciones. El pensamiento matemático sigue siendo una clave de mí misma.  
Afortunadamente también he leído libros que han transformado mi manera social de mirar el mundo. Y es ése el chiste de la lectura: conocer a la humanidad a través de la anécdota; claro que al autor lo descubrimos también a través de su obra: novela, ensayo, poesía, artículo científico o cualquier otro género que nos comparte.
Hace pocos días tomaba un cafecito en el Zócalo de la ciudad y puerto de Veracruz con una entrañable amiga de quien bien pudiera referirme como una hermana menor; la familia paterna de ella y la mía, emparentaron gracias al oficio de la relojería. El padre de su padre fue maestro del mío en el antiguo y noble oficio de reparación y mantenimiento de maquinarias para medir el tiempo.
Le platicaba a Gela Acevedo acerca de la revista Selecciones del Reader´s Digest, de la cual tengo recuerdos muy precisos hasta la fecha.
Allá en los años mil novecientos cincuenta y sesenta, la mencionada revista cubrió ampliamente, en nuestra sociedad, un servicio educativo, cultural, literario, noticioso y de esparcimiento. En estas décadas, las formas de allegarse de documentales, novelas, grandes obras maestras de la literatura universal, noticias nacionales e internacionales, vocabulario, eran muy escasas. Tan apreciada fue esta publicación por las mismas escuelas públicas, que a los niños más aventajados -meritocracia pura y dura- les obsequiaban suscripciones personales que llegaban a sus propias casas.
En esta revista, secciones como “La risa, remedio infalible” más el cómic “Rolando el Rabioso”, nos abrieron el mundo de la risa pero obligadamente nos echaron a andar la mente para comprender la sátira, la ironía, el humor blanco o negro. Como cuando Pitoloco, el escudero de Don Rolando el Rabioso, quiso cortarse un brazo para comérselo pues se encontraban, él y su amo, en situación de sitio.
El remedio infalible de la risa, en mi casa, no se cultivó. Procedo de una familia en la que el cumplimiento del deber, la seriedad, la responsabilidad, el tomarse la vida en serio, el buscar culpables para todo aquello que rompiera con el orden establecido, fueron el pan nuestro de cada día.
Fue por eso que recurrí a los libros como un escape de ese ambiente opresor y asfixiante. Los libros (cualquiera que cayera en mis manos) eran las únicas válvulas de escape para esa presión que bien pudo llevarme hacia otros sitios menos placenteros.
Para mí, mi libro favorito es todos los libros que he leído, los que aún no he leído; los que ya escribí y los que aún no he escrito.



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